The homeless dog

“Es como un perro, uno muy enfermo”- agregó una señora en el mercado, entonces me senté a una distancia prudente y le escuché- ” Ya saben como son, se acercan a ti con su cara lastimera buscando cruzar miradas para contagiarte de su desgracia, siguen meneando sus colas y dando brincos para llamar tu atención; acto seguido y llenos de compasión, ponemos algo de comida en la boca del animal, cuidamos de el y le dejamos en el camino pensando que hemos hecho algo bueno, pero éste en agradecimiento te acompaña a donde quieras, está ahí  a tus pies lamiéndolos y ejecutando sus piruetas para entretenerte; pero ¡ay! no te fíes de tan empalagosos animales porque como rápidos para mostrarte su falsa lealtad está a su vez en busca de una persona que le muestre un bocado más suculento; entonces se vuelve contra ti lleno del aliento que ya le has dado, con su boca llena de espuma y amenazándote con sus filosos dientes, intentando morder tus talones para hacerte caer, mientras que orgulloso mantiene su rabo a los pies del nuevo dueño. Esas son las bestias que eventualmente terminan despedazándose entre ellas mismas.”

No hay viento más helado que el que sopla por entre las ventanas en esas noches en las que tienes un mal presentimiento. Coloco mis compras sobre la mesita y dejándome caer sobre el sofá pienso en que últimamente todos en el pueblo se andan comportando como el perro del que hablaba la señora en el mercado.

The golden stone

La tos causada por horas de frío a la intemperie me hace recordar unos cuantos cuentos de esos que me contaban los viajeros cuando íbamos a las montañas.

Saltaba de a dos los empedrados de las calles mientras mirando el piso intentaba recordar pasajes de muchas de aquellas historias, hasta que en una esquina, llamó mi atención un reflejo pequeño, me dirigí hacia el y agachándome, tomé entre mis dedos, una moneda dorada de unos cuantos centavos, y entonces, ese cuentecillo acerca de un adinerado mercader muy conocido en el sur de las islas del pacífico vino a mi memoria.

Era este un hombre tan pobre que una palabra no bastaría para describir cuanta falta de todo tenía. Comía un vez al día nada más que arroz blanco y un vaso de agua, y se rumoraba que por más que intentase cambiar el menú, sus manos convertían todos los alimentos en sólo arroz y agua; el sol no le cobijaba, siempre que salía, una nube densa de polvo le cubría de pies a cabeza, lejos se iba cada persona que alguna vez se le hubiese acercado y cuanta cosa viva que estuviese cerca, conservaba una considerable distancia al percibirle.

No era este un hombre que hubiese nacido bajo una mala estrella, ni mucho menos maldito por algún detestable ser; él mismo había fortalecido su energía con tanto odio que le era repulsivo a cuanto individuo le veía.

Un día, en una de sus caminatas nocturnas, el hombre vio una luz dorada brillar entre unos arbustos, tentado por la curiosidad quiso acercarse, pero lo hizo a una distancia prudente; dándose cuenta que desde allí no podía ver nada, quiso acercarse más, pero recordó lo que sucedía siempre que se acercaba demasiado, así que se mantuvo en ese sitio por un buen tiempo, mientras bebía licor de su cantimplora para mantener el calor en el cuerpo. De repente, la cosa dorada se sacudió y vino hacia él a toda velocidad golpeándole la rodilla derecha.

Aterrado por tal imprudencia, intentó ser lo más hostil que pudo, pero la lucecita dorada solo se quedaba frente a el sacudiéndose de un lado a otro. Se puso en pie y siguió su camino, un tanto molesto ya que en todo el trayecto, el recuerdo de la luz dorada no lo había dejado conservar la calma; entonces dio media vuelta y regresó al lugar donde la había visto por primera vez.

Allí estaba, igual de vistosa como el primer momento. Se acercó entonces y ella le dijo:

-Te conozco hombre, alguna vez te he visto, y si tan perdido como yo estás ¿por qué no vamos por el mismo camino?

-No tengo nada que ofrecer, hasta mi propia presencia ya repugna lo suficiente, el éxito se me escurre de las manos y no sé cómo alimentarte.

-Entonces podremos ayudarnos- y se posó en una de las manos del hombre convirtiéndose en una gruesa moneda de oro- lo único que necesito es de alguien que soporte mi presencia y me sepa dar una buena utilidad. Si tanto estás cansado del fracaso, creo que haremos un buen equipo; tu y yo, estamos buscando aparentemente lo mismo.

Algo golpeó mi rodilla derecha en ese momento, tal y como pasaba en el cuento mientras lo recordaba; y justo frente a mis ojos allí estaba, mi moneda dorada.

El sueño ha llegado a mi como una maldición de la cual no me puedo deshacer. Creo que en un punto, mi cuerpo no quiso funcionar más a mi ritmo y ahora se toma largos descansos sin mi autorización.

He sabido cerrar mis ojos y caer en una blanca profundidad en la que no sucede nada, ya no hay pesadillas que me atormenten, pero tampoco esa paz me da ningún tipo de descanso.

Mi pelo azul ha sido ennegrecido y bañado con el artificial brillo de la vitalidad, ahora está más abajo de los hombros, por lo que se mece de un lado al otro cuando camino cosa que me molesta de sobremanera; mi semblante pareciera causar más simpatía que nunca, extraño contraste al horror que antes producía; y mis ojos parecían estar recubiertos de unos cristales llenos de chispas que hacían sonreír a quienes los miraran directamente.

Cada noche llego a casa después de una agradable rutina que yo misma diseñé, me arrojo en el sillón de la sala al frente del espejo y me observo durante largos periodos de tiempo. Verme tan saludable me hace parecer un poco más joven, lo cual es una buena treta para intentar ocultar lo inevitable.

¿Desde cuando pasé de ser una rata escondida entre las sombras  esperando paciente por su presa, a ser el predador favorito de todos? la gente me busca para que les hiera marcándose voluntariamente con heridas que jamás van a poder borrar, lo que no saben es que con ello se van llevando algo de mi, van despedazando la miseria a la que estaba tan aferrado.

-¿Qué entienden ellos del dolor?- me pregunto caminando en línea recta del espejo a la puerta- ¿Qué saben ellos de lo que significa estar sepultado sin ningún atisbo de escapatoria? Yo soy eso, siempre lo he sido y no voy a dejar que esto me desespere, por normal que parezca todo está mal; la alegría y las migajas de felicidad son tal vez el sentimiento más horrible que jamás haya experimentado.

The ghost of me

12/07

Viaje muchas horas para pararme en esa estación de tren sólo para ver si llegaba. Estaba muriendo de frío, pero no podía apartar mi mirada de la puerta de desembarque. No recuerdo cuántas horas pasé allí con los ojos fijos, sintiendo como las personas que pasaban a mi lado me observaban con extrañeza y lástima; me estaba congelando esperando a la nada.

Cerca de las diez de la noche y a punto de rendirme ante la llegada del penúltimo tren, ví sus ojos oscuros y redondos escudriñando por entre la multitud, de su cabeza salía un particular y tonto sombrerito que giraba en ángulos de noventa grados mientras seguía mirando rápidamente hasta que se detuvo en mi, y una expresión de alivio se dibujó en su rostro.

Creo que desde ese momento, supe que iba a ser problemático, me le acerqué temblando, con paso torpe y lento y entonces, hablándome muy suave, me canturreó al oído un plan para que saliésemos de allí sin ser vistos.

Caminamos un tramo luego de encontrarnos, me ofreció uno de los cohibas que había comprado para impresionar y fumamos mientras mirábamos hacia el piso y conversábamos de nada en concreto.

Subimos entonces a un coche y ya allí compuso graciosamente mi desarreglada bufanda con sus delgados dedos, contándome al hacer esto, que cuando alguien arregla tu corbata, tu bufanda o apunta tu collar, de cierta manera te está amarrando.

Fueron ocho horas de hablar de todo un poco y ocho horas después, estaba en la estación de tren donde le ví llegar, pero esta vez, viéndole partir.

-Voy a mirar su espalda hasta que ya no le vea, por favor, que se gire y me mire antes de irse ¡que se gire!

Me decía, hasta que su espalda se desvaneció y yo sólo pude sofocarme en llanto y frío.

Voy en un tren camino a casa; desde el principio supe que iba a ser problemático, y aunque no llevo nada en mi maleta, ni siquiera entre mis manos, al menos deje llevarme conmigo para siempre, esa noche de un siete de Diciembre.

The Hermit Crab

Otra vez el techo ¡Genial! he pasado horas in dormir y ahora, sólo puedo ver claramente el techo, una lámina blanca de material que no me dice nada.

Lo único que pienso acerca del día es que está bastante soleado y que yo odio el sol, así que sigo caminando pretendiendo saber las instrucciones que se me dieron acerca del camino, sin embargo, en un momento, me hallé perdido entre unos árboles bajos pero densos. 

¡Camina en línea recta!- pensaba, sin saber concretamente hacia dónde dirigirme.

Treinta minutos después, estaba en una playa, desierta de cualquier tipo de vida similar a la mía; éramos sólo yo y ella. Es un tramo, no más de un kilómetro. Su arena gruesa hiere mis pies pero sigo pensando: moriré aquí.

Y aún si estoy en toda la disposición de morir, el sol me molesta terriblemente; sigo caminando de igual manera, de extremo a extremo.

De repente, le veo ahí, redondo, negro y brillante. Lo agarro con mis manos y lo miro detenidamente. 

¡Es un cangrejo ermitaño que se rehusa a salir de su concha!

Lo miro detenidamente, me siento, sin poder dejar de observarlo; me recuesto en la arena y no puedo dejar de verlo, es hermoso, pero no sale de su concha.

¿puede un cangrejo permanecer tanto tiempo ahí? ha de ser muy tímido.

¿Y si ha muerto?, no se mueve, ya han pasado veinte minutos, no se mueve

-Hey, ¡señor cangrejo! ¿está ahí? por favor, no se muera, me quedaré aquí hasta que salga.

Es inútil seguir mirando, ya ha pasado más de una hora, mi piel está tostada por el sol y el cangrejo no se mueve

-Señor cangrejo, salga, mire que me angustia bastante… negociemos algo, si usted sale de ahí, yo le prometo, que mi vida será genial de hoy en adelante, no me preocuparé por nada, siempre haré las cosas en mi 100% y sobre todo, no pensaré en morirme hasta que me llegue la hora.

Parpadeé dos veces, y como por arte de magia, el cangrejo ermitaño, movió sus tenazas y comenzó a caminar.

Forever gone

Cualquier tipo de pérdida es dolorosa e incómoda porque te está sacando de una rutina, es como cuando pierdes tu teléfono y tienes que conseguir uno nuevo o cuando pierdes el autobús y sabes que tienes que esperar por el otro.

Camino en línea recta mientras el humo sale a bocanadas de mi boca mientras pienso “He sido una mala persona”; luego me detengo al ver cómo mi reflejo se ha quedado estático al pasar por una vitrina llena de trajes un tanto pasados de moda, me acerco, y hago un ademán como de escucharle mientras se inclina hacia mi y me susurra en el oído.

-No hay nada de malo en todo esto, de hecho, ni siquiera es tu culpa; tampoco hay nada de malo en los demás, ni en las sombras que has dejado atrás, el problema radica en tu falta de voluntad, no es el momento, ni el lugar adecuado, pero tal vez más adelante…

-No, más adelante pensaré igual, no puedo ver a las personas tal y como son, porque siempre busco en ellas algo ajeno, cosas que les atribuyo para hacerles parecer a lo que quiero.

-Lo que quieres se ha ceñido a un solo ente, a un conjunto de cosas que amabas, e intentas convertir a las personas en ello; sin embargo, con el tiempo de das cuenta de tus particularidades y te irritan, todo te molesta, el más mínimo gesto te saca de quicio, y te preguntas por qué una y mil veces, sin embargo es injusto que ellos cambien y tu sigas igual.

Emprendo marcha en dirección contraria a la que iba, me topo con la puerta de la casa en unos pocos minutos y me dejo caer en el sillón, respiro hondo y pienso para mi.

Es imposible amar cuando ya amas a alguien más, es imposible acompañar a alguien cuando no te encuentras ni a ti mismo, es imposible hacer feliz a alguien cuando lo único que encuentras para dar son pedazos.

No voy a estar tranquilo pero no voy a buscar; desciendo nuevamente al pozo que antes había intentado abandonar, aprieto cada bloque con las uñas sin dejarme caer mientras me voy deslizando suavemente por la superficie vertical. Nada aquí ha cambiado, todo huele igual, miro la esquina donde antes fue mi lecho y allí me recuesto cómodamente a su lado, al lado de los recuerdos mientras espero a que regrese.

The dog who chased its tail

¿Cómo reconoces un minuto, de un segundo, una hora de un día, y un año de diez, cuando a penas miraste el techo con los ojos perdidos por un segundo y ya han pasado seis horas?

la primera vez que le ví, iba tan rápido que solo me quedé con el azul de sus ojos en la memoria, luego, así no tuviera que hacerlo, tomaba la misma ruta en el lado izquierdo de las sillas para poder verle en caso tal de que el vehículo se detuviera.

Le pensaba día y noche, noche y día, aprendí a dibujar sólo para materializar sus posibles gestos, me hice amigo de sus amigos, hasta que un día finalmente le conocí.

Y ya saben cómo son esas cosas, le conoces, se gustan, se rozan las manos, cruzan algunas palabras, se rozan de nuevo, juntan sus labios, se toman de las manos y todo es cálido, maravilloso, te hace sentir náuseas, sonríes, hasta que cae enfermo y en tu patético intento por que se recupere, terminas asesinándolo.

Llegan entonces las noches sentado en los bancos de los bares, queriendo acabar hasta la última gota de realidad, dejando que la euforia te personifique y te haga encantar de otro par de ojos similares.

Son tan brillantes y encantadores cuando los encuentras, esta vez oscuros, redondos y vivos, te fascina verlos mezclados con el humo y el olor a alcohol con un perfume barato, cruzan palabras torpes, se rozan, se besan, se rozan de nuevo.

Ha sido agradable, siento contento aunque por más alcohol que tenga en mi cuerpo, no puedo dormir y solo miro el techo mientras duerme a mi lado. Me quedé dormido y no supe cuando, sin embargo con la luz del amanecer, le veo y no le conozco, me repudia y solo quiero alejarme, aunque la responsabilidad no me deja y así seguimos, aunque como la vez anterior, se enferma pero no intento salvarlo, sólo dejo que muera.

Así se ha repetido, una y otra vez, con muchos otros pares de ojos de todos los colores, apestando a diferentes cosas.

No sé cuando se detendrá todo esto, cuando regresará el sueño ó cuando las náuseas dejen de ser un estado normal… probablemente, cuando alguien le enseñe a este perro cómo dejar de perseguir su cola.

Mist around

Hace un par de semanas había emprendido el viaje hacia el centro, aún habían cosas por concluír, las pesadillas me arrebataban descaradamente el sueño cada noche y esto había empeorado mi estado de salud, que ya de por sí era bastante malo.

El príncipe, preso de la preocupación, me pidió que solucionara todo esto por mi cuenta, sugiriéndome la opción que ambos sabíamos que se debía tomar; entonces allí estaba, de pie en la orilla del lago en el que había crecido y que guardaba tantas vagas imágenes de cosas que ni recordaba bien ya.

Sí, veo mis manos envueltas en niebla mientras camino hacia el agua, como cuando estaba pequeño. Aprieto los párpados mientras la quieta masa de agua me tapa la frente y cuando los abro, veo la azul pirámide justo en el centro. Camino a toda prisa para encontrarle cuanto antes y cuando menos pienso, le tengo al frente.

Sigue siendo azul y sigo sin ver su rostro con claridad, la forma de su cuerpo, si es que tiene alguno, se ha conservado siempre en la misma posición desde que le vi por primera vez, pareciera estar todo el tiempo inclinada hacia mi, no importa hacia qué ángulo me desplace, sin embargo su olor se ha desvanecido, por lo que me cuesta un poco de trabajo hablarle al no reconocerle totalmente. Trago saliva, aprieto las manos y sentándome en el piso sin perderle de vista no puedo más que decirle:

No quiero escuchar lo que tengas para decir Sombra, hemos estado separados ya por mucho tiempo, sin embargo regreso a ti, buscando sentirme mejor, porque creo que tal vez al mirarte podré traer a mi memoria nuevamente muchas de las cosas que quiero recordar y que no puedo, tengo cólera corriéndome por el cuerpo, porque ¡Si! aún no puedo entender el por qué quieres volver a mi después de que estuve caminando solo tanto tiempo; no, ya sé que vas a decir y repito ¡Maldita sea no quiero escucharte, déjame seguir! por supuesto que te quiero, eres parte de mi, siempre lo has sido, desde el momento en que abrí mis ojos. ¡Te busqué por todas partes, incluso llegué a abusar de tus espacios sólo para que me notaras! no puedo ser el culpable cuando tu estabas inmutable, es que… es que no quiero tener alguien a quien adorar pero que me subestime de semejante manera, esto me está enfermando, es que ¡Mírame! estoy enfermo; he caminado el mundo recogiendo los pedazos en los que me convertiste ¿lo recuerdas? sin embargo nunca me fui hasta que me dijiste “vete”. recuerdo lo que dije, que siempre iba a estar ahí y lo estuve, pero no fui yo quien se retiró, recuerda. No me puedes culpar porque vaya si he estado ahí.

También reconozco esa expresión, y es mejor que no te importe, así como lo dices, a lo mejor si te lo repites lo suficiente terminarás creyéndolo y no me mal interpretes, no es que quiera hacer como si nada hubiese pasado, pero no quiero que me recuerdes con rencor, quiero que me eches al fondo de este estanque como al resto de las cosas, si es que quieres que la niebla me cubra.

Vamos Sombra ¿por qué te extrañas? ¡No contestes! es una pregunta retórica. Debo buscar, debo diseñarme algo a medida para no estar persiguiéndote como un perro persigue a su cola. Muchos planes no podrán llevarse a cabo y me hace triste, pero no es mi culpa ¿Qué se supone que debía hacer? tampoco contestes a eso.

Por supuesto responderé con daño si recibo daño ¿ya se te olvidó quién soy?  y aún así me hieres mortalmente y me arrojas a la mitad del camino. Las noches van a ser largas sin andar hombro a hombro, pero esto de seguro me hará más fuerte, seguramente a ti también.

Adiós Sombra, aún quedan cosas por decir pero tal vez nunca las escuches.

                                                                    *   *   *   *

Ao ha regresado a casa entrada la madrugada, no trae nada de su equipaje consigo, su cabello es una masa de oscuridad que irónicamente le sienta muy bien. No se le ve irritado, no se le ve cansado, ahora simplemente sonríe.

V

Nothing but an animal

Hace a penas poco tiempo que le hemos encontrado merodeando por los alrededores de la casa; a mi personalmente me dan mucha desconfianza ese tipo de intrusos que pareciera como si surgieran de la nada, sin embargo, ante verlo indefenso, el príncipe le ha tomado como invitado, le ha apartado un rincón dentro de la sala de estar y allí lo mantiene , haciéndole descansar en colchones de plumas forrados en las telas más suaves; hace que le sirvamos un tazón con agua la cual debe ser cambiada tres veces al día, también manda a prepararle suculentas comidas que a duras penas prueba. 

Sus ojos se pierden en las paredes del alto salón  y sólo cruza miradas con el príncipe, a quién consciente de vez en cuando rozando sus extremidades con su cara; el resto del tiempo, mantiene la mirada baja, como si tuviera un temor constante.

La noche anterior he sentido extraños ruidos en el piso de abajo. Bajé a pies desnudos con mucho cuidado por la escalera de baldosa para no advertir a nadie de mi presencia  y entonces les ví frente a frente.

Por las migajas que el extraño tenía aún alrededor de su boca, pude deducir que recién había cenado, cosa que no hacía cuando habían otras personas alrededor.

Luego de limpiarse, se acercó al rostro del príncipe con una expresión bastante curiosa y sin apartar sus ojos de los de él; le examinó de cerca, como si nunca antes hubiese visto a nadie más, entreabrió sus labios y posándolos sobre la pequeña naricita de V, comenzó a lamerlo.

La expresión que se dibujó en el rostro del pequeño era nada más que de pura alegría, estrechó a su invitado entre los brazos y besándole la cara, le susurraba:

-Soy feliz, te amo.

Subí despacio y con un sentimiento de enorme satisfacción por ver a mi amo de tan buen ánimo, así fuera solo por estar en la compañía de un animalillo del bosque.

Goodbye

Después de sus altibajos de salud, el arrugado médico de casa había recomendado a Ao que durmiese más a menudo, y sabiendo que no podía rechazar nada que yo le dijera, siempre y cuando lo hiciera sonar como una orden, le ordené esta vez y con mucha severidad, que estuviera en cama, antes de media noche.

La primera vez que esto sucedió, subió Ao con el ceño fruncido y su pelo violáceo, más enmarañado de lo normal, se metió entre las cobijas y yo, haciendo un esfuerzo por alargar mis manos lo más que podía para arroparle, le presionaba con mi presencia tal si fuera un niño y yo su madre, para que se metiera en cama.

Un par de horas esperé allí sentada cuando percibí el pesado aliento, sinónimo de un profundo sueño. Sin que me lo consintiera, comencé a esculcar dentro de sus abrigos hasta que encontré justamente lo que estaba buscando.

En el fondo del oscuro bolsillo de tela, había un pequeñísimo cilindro verde con forma de caleidoscopio el cual sacudí varias veces y luego procedí a observar con mayor detenimiento. Asomé mi mirada por uno de los extremos del tubito y esto fue lo que vi:

Nunca había visto a Ao tan femenina, ni siquiera antes de convertirse en K, el demonio de la madrugada, llevaba su cabello largo,  oscuro, recogido atrás en una colita de caballo; su rostro se veía un poco más relleno, aunque demacrado; llevaba una camisilla blanca, de botones al frente y mangas cortas, muy ceñida a su cuerpo, lo cual ponía en evidencia, una mujer voluptuosa y rellena, que si bien se veía cansada, no tenía señales de haber pasado hambre o desgracias que comprometieran a su cuerpo. Bajo esta camisa, relucía un impecable delantal blanco el cual cubría casi en su totalidad una falda color gris que le tapaba muy bien los tobillos, y saliendo de esta montaña de tela, unas zapatillas color marrón.

No me dejaba de impactar el hecho de que la mujer, que se hacía pasar por hombre y que se irritaba ante cualquier dejo de feminidad, se hubiera visto así hace quien sabe cuánto tiempo; así que seguí su figurita con mi mirada, la cual entraba discretamente por una puerta de madera.

-¿Me ha usted llamado?- susurró con una voz viva y aguda

-¡Sí, y sabe usted muy bien para que!

-¿Está seguro que no hay nadie en casa?

-Totalmente seguro. Venga, despréndase de sus ropas y échese aquí, a mi lado.

Y así fue, Ao, totalmente desnuda se dejó caer al lado de aquél hombre que reposaba con una sonrisa en una cama; teniéndolo cerca, lo besó en los ojos, en la punta de la nariz y los cabellos, y éste solo sonreía y jugueteaba con la frondosa cabellera de la mujer; luego se miraron a los ojos, se murmuraron palabras que yo no alcanzaba a percibir, y con los ojos llenos de lágrimas, se besaban nuevamente las narices hasta que se quedaron dormidos.

Aparté mi cara del cilindro al notar que Ao, el caballero sombrío que dejé reposando en cama, había abierto los ojos y me miraba allí tendido, muy fijamente.

-Querido- dije intentando no demostrar nerviosismo- de verdad siento mucho si de alguna manera me he entrometido… no sé qué mas decirte, de verdad lo siento…

-No se preocupe mi príncipe- interrumpió sin subir mucho la voz- sacuda nuevamente el caleidoscopio, y mire el final de la historia.

Y así hice.

Nuevamente, estaba Ao, con sus vestiduras de mujer, pero esta vez embutiendo ropas en una bolsa mientras de sus ojos apagados caían angustiosas y apretujadas, un montón de lágrimas.

Tosía, se secaba el rostro con su delantal, y al ver que no podía consolarse, se sentaba pesadamente en el piso o sobre la cama a seguir llorando, hasta que por fin hubo acabado; puso una caperuza gris encima suyo y salió como alma que lleva el diablo por la puerta de una cabaña.

Sacudí nuevamente.

Esta vez, ví a Ao, tal cual y como lucía actualmente. Recorría unos campos cubiertos por espesa neblina a paso ligero; por encima de la capa de nubosidad que había descendido, se reconocían algunas cruces y algunas de las lápidas más grandes de aquél cementerio. Se acercaba demasiado para reconocer los nombres hasta que pareció hallar el que estaba buscando. Ya al frente de éste, su rostro palideció más de lo normal, y sus ojos, se le hundieron aún más en las cuentas, y dejando caer algo sobre el suelo, besó la lápida y salió corriendo, no sin dejar ver, un par de amargas lágrimas que se le deslizaban por las mejillas.

Pude acercarme al sitio que ella recién había dejado, y aunque la visión era borrosa, , no me impidió el reconocer, en un pequeño marco dorado, el retrato del sonriente hombre aquél que minutos antes estaba tumbado en la cama, pero que esta vez posaba mientras abrazaba por la cintura a la antigua Ao.

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